Matices, palabras y una adolescente
¿Qué es el léxico? ¿Cuál es su importancia? El siguiente es un ensayo fugaz respecto de la importancia del vocabulario idiomático en nuestras vidas. Pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre las palabras que utilizamos diariamente. Por ejemplo, ¿qué matices tiene su lenguaje nativo? ¿Su semántica –parte de la gramática que estudia el significado de los términos- es la misma que la de la lengua que pretende asimilar?
Una debilidad común entre los estudiantes de idiomas es su vaga percepción respecto de las diferencias semánticas entre el léxico que ya conocen y el que recién están adquiriendo. Así, creen, con frecuencia, que todo aquello que pueden pensar y expresar en su lenguaje vernacular (originario) podrá ser comunicado, en los mismos términos, en las palabras que están aprendiendo. Crasa confusión. La lengua de la que, poco a poco, se van haciendo usuarios conserva una forma distinta de interpretar la realidad. Porque con el lenguaje se da una versión del mundo, un ángulo subjetivo y social de aprehender las cosas que ocurren. Pero basta de filosofía.
Decía que cada idioma tiene una lógica según la cual representa la realidad objetiva. Profundizar más en ello sería apartarme del tema. Así que volvemos un poco al camino del léxico y discutamos su relevancia en la vida de quienes se amanecen con el sueño de hablar como no lo hacen en su país. El asunto tiene un tronco racional: basta un ejemplo. Si una adolescente amante del punk se aparece en el centro laboral de su padre para hacerle cumplir su promesa de llevarla a la tienda de ropa y regarle un par de zapatillas, a su progenitor no le queda más que hacerlo. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, se ven frente al mostrador de calzados del supermercado más importante de la zona. “Elige, cariño”, le dice. Ella mira uno a uno los productos, de izquierda a derecha, como si fuera un camarógrafo indeciso haciendo un paneo audiovisual.
Al grano: tiene sólo cinco pares para elegir. No hay más de su talla. “¡Oh! ¡Qué pena!”, exclama su progenitor, empleado público por excelencia. Su hija, conocedora de las múltiples ocupaciones de su padre y una eventual cancelación de la compra, no hace sino guardarse sus caprichos y elegir. Le cuesta, porque sólo tiene una mano de opciones. *Si hubiera más zapatillas*, piensa. Es que se le hace imposible materializar lo que ella siente –zapatillas- en tales opciones. Sólo hay cinco. No más. Con una decisión imperfecta, algo insatisfecha y “bueno, ya, pues”, compra el producto. Lo mismo sucede con el idioma.
Esos cinco pares de calzados son las 500 palabras de alemán que conocemos. Si nuestro universo de vocablos es reducido, estaremos cada vez más lejos de expresar exactamente lo que pensamos. Terminaremos, como la adolescente, insatisfecha e imprecisa. Porque la carencia de un léxico matizado da imprecisión. Y va en desmedro de nuestra efectividad comunicativa. Siempre es bueno, así, crear mecanismos para hacernos de términos nuevos y consultar el diccionario. A repensar, entonces, nuestras herramientas de adquisición de vocabularios y empezar con la autocrítica. Es tiempo.
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