Klavdija y las noches de Berlín
Una amiga con la que me escribo regularmente desde Europa, me comentó, en alguna oportunidad, que se había ido a vivir por un tiempo a Alemania, exactamente a Berlín. Si bien ella es de Eslovenia, para los europeos no es nada raro que tengan que hacer viajes de trabajo a lo largo de toda Europa. Ella había decidido vivir allá mientras durasen sus prácticas laborales, además estaba interesantísima por investigar un poco la cultura del país en cuestión.
Klavdija es una chica bastante inteligente, ingresó a las universidad de Ljubliana a los 16 y a los 20 ya tenía una mención en antropología. Había estado trabajando desde los 15 aproximadamente para el periódico de su colegio y durante la universidad consiguió un mejor puesto ahí mismo. Era una chica bastante aplicada y centrada, decía. No le gustaba mucho ir a fiestas y aunque ya vivía sola desde los 17 no tenía enamorados ni novios, porque era específica en que no quería perder el tiempo hasta terminar la universidad. En realidad, mi amiga era bastante tímida y aunque era una rubia alta, de ojos azules y bastante esbelta nunca le dio crédito a ninguna de sus facciones físicas para sentirse atraída ni por la vida social.
Klav llegó a vivir directamente a Berlín, tenía un trabajo que empezaba a las 8 y terminaba a las 5; y casi 10 minutos después ya estaba en su casa o mejor dicho departamento que también le habían proporcionado los de la empresa. Por tanto, a las 7 de la noche (o 7 de la tarde- para el mundo europeo), las cosas estaban un poco aburridas puesto que museos y algunos lugares de interés cultural ya estaban cerrados (sólo podía ir los sábados) y sólo podía contarse con los cocktail-bares, clubes, discotecas y lounges. Klav no es de ir a esos lugares, siempre me lo había recalcado durante nuestra antigua relación por carta (y no e-mail) durante más de 12 años. Sin embargo, cuando me lo dijo, no tardé en recomendarle que se diera una vuelta por esos lugares (a mí me sonaba súper divertido), y para convencerla aún más le dije que bien podría aplicar todo lo aprendido de su carrera de antropología en esos lugares, que lo viera como una especie de intercambio cultural entre los eslovenos y alemanes.
Klavdija me hizo caso y lo próximo que supe de ella fue que una enorme carta explicándome los por menores de la vida nocturna alemana: me comentó que las discotecas no tenían hora de cierre jamás, que la gente no tenía hora de entrada ni salida. La música que había estado de moda por largo tiempo era el ‘techno’ pero que ya estaba cayendo en desuso y que más bien estaba cierto reemplazada por el funk. Con un poco de desagrado me comentó, también, que en comparación a su país natal (Eslovenia) los bares no dejaban muy alto el sonido de los parlantes, porque los alemanes gustaban mucho de la buena conversa, antes de la de música estridente con la que no se puede conversar.
Klav estaba emocionada con cada una de sus visitas a estos lugares, y aunque siempre se mantuvo muy dinámica en su trabajo y por tanto una empleada eficaz, cada cierto tiempo recibía de ella, algunas fotos en clubes nocturnos que poco a poco me hacían ver cuánto había cambiado mi amiga, qué alegre que se le veía y cuánto de la chica tímida había quedado atrás.
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